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Sinopsis de La Historia de la CIA
Libro La Historia de la CIA
Hasta las vísperas de la II Guerra Mundial, los servicios de inteligencia de los stados Unidos se caracterizaban por su inoperante disgregación. Numerosas organizaciones estatales independientes ejercían, simultáneamente y sin coordinación, cometidos similares en el área del espionaje. Las funciones de investigación política, por ejemplo, las ejecutaban a la vez el Departamento de Estado, el FBI y los ministerios de la Marina y de la Guerra. Esta desorganización constituía un serio obstáculo para que los Estados Unidos dispusieran de un "aparato de inteligencia" acorde con la época prebélica que se vivía. En política exterior, la elite dominante estadounidense se preocupaba, fundamentalmente, de la fidelidad de lo que ellos han denominado siempre su "patio trasero", es decir, Latinoamérica. Decenas de intervenciones militares de todo tipo se aseguraban de hacer cumplir la conocida máxima del quinto presidente de los Estados Unidos, James Monroe, que en 1823 declaró que "América debía ser para los americanos"... del Norte, claro. Más de tres cuartos de siglo después otro presidente estadounidense, Theodore Roosevelt, basándose en su política del Big Stick (Gran Garrote) sostendría que su país podía intervenir en cualquier nación latinoamericana "culpable de actuar incorrectamente en su política interior o exterior". Dos fueron los factores esenciales que llevaron al gobierno de los Estados Unidos a crear una potente institución encargada de las tareas de Inteligencia .En primer lugar, el fulminante ataque de los japoneses a Pearl Harbor, en Diciembre de 1941. En la agresión nipona ocho buques de guerra fueron hundidos, cerca de doscientos aviones fueron destruidos y alrededor de tres mil hombres resultaron muertos o heridos. El ataque japonés a la flota norteamericana en el Pacífico se realizó en unas condiciones sorprendentes. Este acontecimiento convenció a los círculos gobernantes de que debían unificar, urgentemente, todos sus organismos de Inteligencia. Pero, según se desprende de la documentación de la época, hubo un segundo factor de mayor relieve que hizo indispensable la creación de una organización de Inteligencia centralizada y con una percepción "global" de sus funciones. Las elites dominantes del país estimaban que "la potencia más grande del mundo" requería unos servicios en consonancia con su futura influencia internacional. Los Estados Unidos, se auguraba con acierto en los círculos del poder, saldrían de su intervención en la segunda guerra mundial como la gran potencia hegemónica del planeta. En cuanto a los efectos destructivos de la guerra, resultarían indemnes, en tanto que los daños del conflicto difícilmente podían alcanzar sus fronteras. Pero además se encontraban en inmejorables condiciones para convertirse en el gran país acreedor, artífice de la recuperación económica de los europeos. George Kennan, el más influyente asesor del presidente Truman, según revelan hoy los documentos confidenciales de la época, se expresó con brutal sinceridad a este respecto: "Los Estados Unidos posee el 50% de la riqueza del mundo, pero sólo el 6% de su población... En tales condiciones, es imposible evitar que la gente nos envidie. Nuestra auténtica tarea consiste en mantener esta posición de disparidad sin detrimento de nuestra seguridad nacional. Los Estados Unidos emergieron, pues, de la Segunda Guerra Mundial con una influencia decisiva en todas las esferas de ámbito mundial, e impusieron a nivel planetario un conjunto de instituciones con la finalidad de garantizar que las cosas iban a funcionar según sus intereses. Las instituciones claves en esta construcción fueron el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. La operación crediticia tenía una doble finalidad: crear un macro-mercado para los productos norteamericanos en Europa y, a su vez, controlar el peligroso escoramiento hacia la izquierda que se experimentaba en el viejo continente. Con el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el propio Plan Marshall se podían controlar los flujos económicos y chantajear a aquellos países que no se sometieran al dictado de los intereses norteamericanos. Pero con un Servicio de Inteligencia adecuado y el ejército se podían comprar conciencias, eliminar disidentes y, en el último extremo, si el "enemigo" era contumaz, acallarlo con el estruendo de las cañoneras. Para lograrlo era preciso crear un sistema de inteligencia que no fuera tan solo una mera base informativa para la toma de decisiones sobre política exterior, como ocurría con los servicios tradicionales de espionaje. Se requería un instrumento para "hacer" política exterior. La revista norteamericana "Foreign Affaires" explicaba en aquella época con lucidez que a los Estados Unidos no le bastaba su potencial militar para ejercer una influencia mundial. G. Petty, un ideólogo estadounidense del expansionismo, decía que su país requería de un servicio de inteligencia excepcionalmente extenso "para asumir el liderazgo mundial en todos los continentes y en todos los sistemas sociales, en todas las razas, religiones, en cualesquiera condiciones sociales, económicas y políticas." Su dependencia directa del presidente de los Estados Unidos le concedería un importante papel en la política exterior norteamericana. Dean Acheson, viceministro de Asuntos Exteriores del gobierno estadounidense, en 1944, todavía sin concluir la guerra, comentaba con el presidente del Comité encargado de la planificación económica de la posguerra que "...lo más importante son los mercados. Estaba claro que Acheson no solo se refería a la exportación de de productos de consumo. En los años del conflicto mundial los Estados Unidos habían consolidado una respetable industria armamentista, que alimentó no sólo su propio esfuerzo bélico, sino también el de todos los ejércitos aliados, incluido el de la Unión Soviética. El final de la guerra no podía significar la conclusión de ese ventajoso idilio entre producción e industria militar. El espíritu de la época queda fielmente reflejado en la reflexión del escritor norteamericano Richard Barnet: "La economía de guerra facilita una posición cómoda a decenas de miles de burócratas vestidos de uniforme o de paisano que van a la oficina cada día a construir armas atómicas o a planificar la guerra atómica; a millones de trabajadores cuyos puestos de trabajo dependen del sistema de terrorismo nuclear; a científicos e ingenieros pagados para buscar la "solución tecnológica" definitiva que proporcione una seguridad absoluta; a contratistas que no quieren dejar pasar la ocasión de obtener beneficios fáciles; a guerreros intelectuales que venden amenazas y bendicen guerras" . Para mantener el emporio industrial-armamentista era necesario que existiera una justificación. El enemigo, -Alemania, Italia y Japón – había sido absolutamente derrotado. Solo la creación de un nuevo enemigo, que infundiera terror, que transmitiera la idea de que peligraba "la forma de vida americana" ("the american way of life"), haría posible que el pueblo de los Estados Unidos se enrolara en una nueva cruzada contra "las hordas asiáticas", como G. Kenan, el ya mencionado asesor del presidente Truman, denominaba a todo lo que viniera del Este. El "Capitán América", héroe de los comics norteamericanos, pasó de luchar contra los nazis a perseguir peligrosos comunistas emboscados bajo las alfombras del vecino. Había comenzado la Guerra Fría. Ciertamente que el mundo no era ya el que había sido antes de la guerra. En ambas ocasiones pudieron constatar las debilidades del supuestamente invencible "gran padre blanco" frente a los ejércitos alemanes. Los imperios coloniales europeos salieron seriamente maltrechos de la conflagración mundial. Simultáneamente, en la Europa occidental, los partidos políticos de izquierdas obtenían arrolladores resultados en las elecciones. El temor a la "marea roja" se apoderó de la burguesía americana y europea. El mundo de la posguerra era, ciertamente, un mundo convulso, pero sus contradicciones estaban engendradas por el propio sistema económico y político. La "amenaza rusa" fue una invención diseñada a propósito en los laboratorios del expansionismo norteamericano. Solo personajes como James Forrestal, Secretario de Estado para la Marina, que se suicidó en un hospital psiquiátrico porque veía horrorizado llegar a los rusos a través de su ventana, daba verosimilitud a una patraña de esa envergadura. Sencillamente, la URSS no podía constituir una amenaza frente al poderío de los Estados Unidos. La Unión Soviética, que había llevado el peso de la guerra contra Alemania, quedó devastada por el conflicto. Ningún otro país sufrió unos daños tan enormes. Los Estados Unidos, en cambio, perdieron solo cuatrocientos mil soldados en la contienda. Dicho de otra manera, a cada norteamericano muerto le correspondieron 50 muertos rusos. La desproporción era gigantesca. La guerra destruyó la tercera parte del patrimonio nacional soviético. ¿Desconocían las altas esferas políticas y militares estadounidenses ese panorama? Michael Sherry, investigador norteamericano que ha tenido acceso a los expedientes de los archivos de la época asegura que "según reconoció el Mando de las Fuerzas Armadas la Unión Soviética no representaba un peligro inmediato. La URSS, que ya por esa fecha había empezado a ser descrita por la iconografía norteamericana como el "enemigo diabólico", no poseía todavía ni una sola bomba atómica. Europa, por tanto, no estaba amenazada por ningún tipo de "agresión soviética". Para los Estados Unidos no constituía ninguna novedad la práctica de "construir" a sus enemigos. Esa pulsión expansionista se convirtió en una constante de su política exterior. Las clases dirigentes norteamericanas han tenido que justificar, ante su propio pueblo, sus continuas intervenciones militares ultramarinas, desencadenadas generalmente por causas inconfesables. Mas tarde, el fantasma del enemigo se encarnó en España, justo en el momento en el que las ambiciones anexionistas sobre Cuba se hicieron incontenibles. Coreanos, vietnamitas, cubanos, nicaragüenses y dominicanos, iraníes e iraquíes, entre otros muchos, han llenado también de temor la mente, siempre amenazada, del norteamericano medio. -, vuelven a cernirse sobre la atribulada conciencia de los norteamericanos, En la II Guerra Mundial, la actitud de los círculos empresariales norteamericanos hacia la Alemania nazi fue algo más que benevolente. En muchos casos, los magnates norteamericanos llegaron a apoyar económicamente al Partido Nacional-Socialista de Adolf Hitler. hombres de la industria, la política y las finanzas norteamericanas manifestaron públicas simpatías por los nazis en las antevísperas de la guerra. Personajes como Henry Ford, dueño de la industria de automóviles Ford y autor del libro antisemita "El judío internacional" ; la familia Du Pont, propietaria de la legendaria General Motors; el multimillonario Rockefeller; los hermanos John y Allan Dulles , secretario del Departamento de Estado y jefe de la CIA respectivamente; William Randolph Hearst, propietario de la mayor cadena de periódicos norteamericana y editor de la conocida revista Selecciones Reader´s Digest; Prescott Bush propietario petrolero y abuelo del actual presidente norteamericano George W. Bush, apoyaron de formas diversas el avance del fascismo alemán durante la década de los treinta. Las clases poderosas norteamericanas, que vivían en su propio país los efectos sociales de las crisis económica de 1929, contemplaban al nazismo como una útil herramienta contra la agitación y el avance del movimiento obrero en Europa. Pero no era esta su única motivación. Sin embargo, la actitud de empatía hacia el fascismo no era exclusiva de los norteamericanos. Muchos políticos europeos compartían con ellos idénticas afinidades. Su temor nació cuando entendieron que el expansionismo territorial alemán era irrefrenable. Pero ya era demasiado tarde. Una, fue el Buró de Información Militar (OWI), cuya responsabilidad consistía en organizar la propaganda en el interior y exterior de los Estados Unidos. La Agencia de Servicios Estratégicos (OSS), en cambio, se encargaba del espionaje militar. De hecho, en el curso de la guerra, la Inteligencia norteamericana tuvo que apoyarse en muchas ocasiones en el experimentado servicio de espionaje británico. Sea como fuere, el primer servicio coordinado de inteligencia de los Estados Unidos utilizó como pilares estas dos oficinas, y sobre ellas se constituiría, en 1947, la Central Intelligence of América, la CIA. Estaba claro que los Estados Unidos saldrían del conflicto mundial en óptimas condiciones desde el punto de vista económico y militar. La guerra había sido excesivamente cruel y los crímenes cometidos demasiado repugnantes. Por otra parte, el protagonismo de la liberación de Europa no sólo era patrimonio de los ejércitos Aliados. En Italia, por ejemplo, los guerrilleros partisanos, liderados por el Partido Comunista, habían derrotado a seis divisiones alemanas y liberado todo el norte del país. En Francia, los miembros de la Resistencia precedieron a las tropas aliadas en la liberación de París. En Europa se respiraba un clima de acendrado antifascismo. Los jefes de la OSS, William Donovan, James Angleton y Allan Dulles, con la colaboración de la Santa Sede, organizaron la evacuación de cerca de diez mil nazis con destino a América Latina y los Estados Unidos. La finalidad del proyecto "Paperclip", - que así se denominó la operación – fue reclutar para la industria de guerra norteamericana, a los científicos nazis, a los especialistas en aeronáutica, en guerra biológica y química, en investigación nuclear y tratamiento del uranio. Durante medio siglo, rodeados del más absoluto secreto, estos nazis trabajarían en Fort Bragg (EEUU), en el complejo industrial militar, en la NASA y en la CIA. Pero no sólo fueron nazis alemanes los que al amparo de la Displaced Person Act se acogieron a una reglamentación privilegiada para entrar en los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. En gran medida estos serian los mimbres sobre los que se urdiría la red de Inteligencia de los Estados Unidos en una buena parte del planeta. En Europa se encargó al general Gehlen y a agentes que habían pertenecido o colaborado con los servicios de los países del Eje, la organización de la red denominada "Stay-Behind" ("Permanecer detrás"). contra los Estados o grupos hostiles, o los apoyos de Estados o grupos amigos, deben ser planificados y ejecutados de manera que la responsabilidad de ningún Gobierno pueda aparecer a las personas ajenas y no autorizadas, y si ellas son descubiertas, el Gobierno de los Estados Unidos pueda denegar de manera fehaciente toda responsabilidad. Precisamente, tales operaciones están involucradas en la actividad secreta y en relación con la propaganda; la guerra económica, la acción preventiva directa, que incluye el sabotaje, el anti-sabotaje, las medidas de destrucción y de infiltración; la subversión de Estados hostiles, donde se incluye la asistencia a los movimientos de resistencia, a las guerrillas locales y a los grupos de liberación en el exilio; el apoyo a los elementos anticomunistas locales que se encuentren en los países amenazados del mundo libre. Estas operaciones no toman en cuenta los conflictos armados conducidos por las fuerzas armadas militares reconocidas, las del espionaje y el contraespionaje, la cobertura y el engaño llevadas por las operaciones militares". Con esta infraestructura humana el gobierno norteamericano intento construir los requisitos "técnicos" imprescindibles para impedir cualquier veleidad izquierdista en la Europa de la posguerra. En el contexto de la Guerra Fría se convirtió en una necesidad que los agentes secretos contaran con la simpatía del gran público. Si el Fondo Monetario Internacional, el Plan Marshall y el Banco Mundial se convirtieron en los instrumentos económicos que los Estados Unidos utilizaron a partir de 1945 como muro de contención contra el avance de los movimientos de izquierda; la Agencia fue la herramienta que permitió vencer las resistencias ideológicas que colisionaban con los propósitos norteamericanos de hegemonía mundial Hoy se encuentra ampliamente documentado como la CIA no escatimó ningún recurso para alcanzar sus objetivos de dominio ideológico. Se compró la conciencia de destacados intelectuales aparentemente intachables. Se sobornó a líderes sindicales para que pusieran freno a los sectores más radicales del movimiento obrero. Los efectos de su abierta cooperación con el fascismo amenazaban incluso su existencia como fuerza política en algunos países europeos. En Francia, por ejemplo, no pocos representantes de los partidos conservadores estaban manchados por su apoyo al gobierno colaboracionista del mariscal Petain. El sacrificio de veinteº millones de soviéticos, muertos durante la contienda, generó una gran corriente de simpatía hacia ese país. También entre la inmensa mayoría de la intelectualidad del viejo continente predominaba un fuerte sentimiento anticapitalista. Brecht, Rolland, Bertrand Russell, Ehremburg, Bernard Shaw, Barbusse, Jean Paul Sartre, Diego Rivera, Siqueiros, Chaplin, Visconti, Picasso, Thomas Mann, Luckacs, Buñuel... eran algunos de los intelectuales de la época cuyos nombres estaban asociados, de una u otra manera, con la izquierda. El panorama francamente adverso para los objetivos norteamericanos. Los Estados Unidos entendieron que era necesario dar un cambio radical a un contexto que hacía peligrar gravemente sus intereses. Sin el restablecimiento de la hegemonía ideológica del pensamiento conservador, su proyecto de control planetario tendría que enfrentarse con un difícil porvenir. Las clases poderosas de los EEUU necesitaban un mundo seguro y estable para el capitalismo, donde sus intereses económicos fueran incontestados e incontestables. Los recursos para lograr esta "seguridad" fueron diversos: la intervención armada, (Grecia y Corea), la presión y el control económico (Plan Marshall y las instituciones de Brettons Wood) y la guerra ideológica. Hasta ahora muchos historiadores y comentaristas políticos habían sostenido que la función de la CIA era esencialmente militar. Pero su tarea fundamental consistió en la penetración cultural e ideológica. La compra de intelectuales vacilantes, la creación de millonarias Fundaciones "filantrópicas", la apropiación ideológica de aquellos escenarios que transmitieran cualquier forma de pensamiento, se convirtió en una de sus primeras misiones. También se encontraba entre los quehaceres de la Agencia suscribir contratos con Universidades privadas, emisoras de radio, periódicos, etc. Las fundaciones Farfield, Kaplan, Carnegie, Rockefeller y Ford fueron las tapaderas culturales más notorias de la CIA. La Fundación Ford se distinguió especialmente en el despliegue de la ofensiva ideológica norteamericana en Europa. Esta última observación cobró sentido cuando, en 1964, su presidente abandonó el cargo para convertirse en el principal asesor de Allen Dulles, director de la CIA. Una investigación del Congreso de los Estados Unidos pondría de manifiesto en 1976 que cerca de la mitad de las setecientas subvenciones concedidas por las fundaciones fueron financiadas por la Agencia Central de Inteligencia. La caricatura del yanqui masticador de chicle, ignorante y exclusivamente preocupado por la limpieza de su deslumbrante furgoneta Oldsmobile, era indudablemente exagerada, pero muchos europeos la compartían. Los círculos gubernamentales norteamericanos eran conscientes de que esa deformación popular europea no iba a facilitar el avance de su influencia en el viejo continente. Las grandes editoriales americanas incrementaron la distribución de libros de autores como Pearll Buck, James Burnham, Norman Cousin y, también, de Ernest Herminway o William Faulkner. No se trataba de hechos casuales. El reclutamiento de antiguos escritores "de izquierda" era particularmente apreciado por la CIA. En los años siguientes, una larga lista de intelectuales anticomunistas, serían catapultados por la Agencia. Isaiah Berlin, Stephen Spender, Daniel Bell, Dwight MacDonald, Robert Lowell, Hannah Arendt, Mary McCarthy, Raymond Arond, Anthony Crosland y Michael Josselson recibieron el apoyo económico y publicitario de la CIA. Cuando el "New York Times" y otros periódicos airearon públicamente en 1966 el origen de la financiación de aquellos "congresos", empresas periodísticas y promociones editoriales, muchos de los intelectuales "reclutados" pretendieron excusar su participación en las operaciones de la CIA, alegando su ignorancia acerca de la identidad de quienes movían los hilos de esas iniciativas. Escritores, filósofos o científicos sociales como Hannah Arendt, Daniel Bell, Isaiah Berlin, Mary McCarty, Sydney Hook, André Gide, Irving Kristoll, Freddie Ayer, André Malraux, Nicolás Nabokov, Jacques Maritain, T.S.Elliot, Benedetto Croce, Arthur Koestler, Raymond Aron, Salvador de Madariaga y Karl Jaspers defendían los "valores de la libertad" de acuerdo con los parámetros anticomunistas definidos por sus benefactores de la CIA. Resulta revelador que ninguno de ellos cuestionara con su rúbrica las intervenciones de los Estados Unidos en Irán, Guatemala, Corea, la caza de brujas emprendida por el Senado estadounidense contra intelectuales norteamericanos, las matanzas masivas en la Indochina colonial y Argelia o los linchamientos de negros por el Ku Klux Klan, en el Sur de los Estados Unidos. En el contexto de la Guerra Fría se convirtió en una necesidad que los agentes secretos contaran con la simpatía del gran público. Contrariamente a la imagen que se ha confeccionado de la CIA, la función que le otorgaron sus patrocinadores originarios, no era primordialmente estratégico-militar. Si el Fondo Monetario Internacional, el Plan Marshall y el Banco Mundial se convirtieron en los instrumentos económicos que los Estados Unidos utilizaron a partir de 1945 como muro de contención contra el avance de los movimientos de izquierda; la Agencia fue la herramienta que permitió vencer las resistencias ideológicas que colisionaban con los propósitos norteamericanos de hegemonía mundial Hoy se encuentra ampliamente documentado como la CIA no escatimó ningún recurso para alcanzar sus objetivos de dominio ideológico. Se compró la conciencia de destacados intelectuales aparentemente intachables. Se sobornó a líderes sindicales para que pusieran freno a los sectores más radicales del movimiento obrero. Los efectos de su abierta cooperación con el fascismo amenazaban incluso su existencia como fuerza política en algunos países europeos. En Francia, por ejemplo, no pocos representantes de los partidos conservadores estaban manchados por su apoyo al gobierno colaboracionista del mariscal Petain. El sacrificio de 20 millones de soviéticos, muertos durante la contienda, generó una gran corriente de simpatía hacia ese país. También entre la inmensa mayoría de la intelectualidad del viejo continente predominaba un fuerte sentimiento anticapitalista. Brecht, Rolland, Bertrand Russell, Ehremburg, Bernard Shaw, Barbusse, Jean Paul Sartre, Diego Rivera, Siqueiros, Chaplin, Visconti, Picasso, Thomas Mann, Luckacs, Buñuel... eran algunos de los intelectuales de la época cuyos nombres estaban asociados, de una u otra manera, con la izquierda. El panorama francamente adverso para los objetivos norteamericanos. Los Estados Unidos entendieron que era necesario dar un cambio radical a un contexto que hacía peligrar gravemente sus intereses. Sin el restablecimiento de la hegemonía ideológica del pensamiento conservador, su proyecto de control planetario tendría que enfrentarse con un difícil porvenir. Las clases poderosas de los EEUU necesitaban un mundo seguro y estable para el capitalismo, donde sus intereses económicos fueran incontestados e incontestables. Los recursos para lograr esta "seguridad" fueron diversos: la intervención armada, (Grecia y Corea), la presión y el control económico (Plan Marshall y las instituciones de Brettons Wood) y la guerra ideológica. Hasta ahora muchos historiadores y comentaristas políticos habían sostenido que la función de la CIA era esencialmente militar. Pero su tarea fundamental consistió en la penetración cultural e ideológica. La compra de intelectuales vacilantes, la creación de millonarias Fundaciones "filantrópicas", la apropiación ideológica de aquellos escenarios que transmitieran cualquier forma de pensamiento, se convirtió en una de sus primeras misiones. También se encontraba entre los quehaceres de la Agencia suscribir contratos con Universidades privadas, emisoras de radio, periódicos, etc. Las fundaciones Farfield, Kaplan, Carnegie, Rockefeller y Ford fueron las tapaderas culturales más notorias de la CIA. La Fundación Ford se distinguió especialmente en el despliegue de la ofensiva ideológica norteamericana en Europa. Esta última observación cobró sentido cuando, en 1964, su presidente abandonó el cargo para convertirse en el principal asesor de Allen Dulles, director de la CIA. Una investigación del Congreso de los Estados Unidos pondría de manifiesto en 1976 que cerca de la mitad de las 700 subvenciones concedidas por las fundaciones fueron financiadas por la Agencia Central de Inteligencia. La caricatura del yanqui masticador de chicle, ignorante y exclusivamente preocupado por la limpieza de su deslumbrante furgoneta Oldsmobile, era indudablemente exagerada, pero muchos europeos la compartían. Las grandes editoriales americanas incrementaron la distribución de libros de autores como Pearll Buck, James Burnham, Norman Cousin y, también, de Ernest Herminway o William Faulkner. No se trataba de hechos casuales. El reclutamiento de antiguos escritores "de izquierda" era particularmente apreciado por la CIA. En los años siguientes, una larga lista de intelectuales anticomunistas, serían catapultados por la Agencia. Isaiah Berlin, Stephen Spender, Daniel Bell, Dwight MacDonald, Robert Lowell, Hannah Arendt, Mary McCarthy, Raymond Arond, Anthony Crosland y Michael Josselson recibieron el apoyo económico y publicitario de la CIA. Cuando el "New York Times" y otros periódicos airearon públicamente en 1966 el origen de la financiación de aquellos "congresos", empresas periodísticas y promociones editoriales, muchos de los intelectuales "reclutados" pretendieron excusar su participación en las operaciones de la CIA, alegando su ignorancia acerca de la identidad de quienes movían los hilos de esas iniciativas. Escritores, filósofos o científicos sociales como Hannah Arendt, Daniel Bell, Isaiah Berlin, Mary McCarty, Sydney Hook, André Gide, Irving Kristoll, Freddie Ayer, André Malraux, Nicolás Nabokov, Jacques Maritain, T.S.Elliot, Benedetto Croce, Arthur Koestler, Raymond Aron, Salvador de Madariaga y Karl Jaspers defendían los "valores de la libertad" de acuerdo con los parámetros anticomunistas definidos por sus benefactores de la CIA. Resulta revelador que ninguno de ellos cuestionara con su rúbrica las intervenciones de los Estados Unidos en Irán, Guatemala, Corea, la caza de brujas emprendida por el Senado estadounidense contra intelectuales norteamericanos, las matanzas masivas en la Indochina colonial y Argelia o los linchamientos de negros por el Ku Klux Klan, en el Sur de los Estados Unidos. Orwell, cuyo nombre real era Eric Blair, nació en la India en 1903 -donde su padre ejercía como funcionario colonial- en el seno de una aristocrática familia británica venida a menos. Como resultado de su experiencia birmana, en la que pudo presenciar la tortura y el escarnio contra la población autóctona, su pensamiento político se radicalizó hacia posiciones de izquierda. Aunque su relación con la policía británica y sus experiencias en los bajos fondos parisinos le proporcionaron abundantes materiales para la creación literaria, sus primeras novelas no tuvieron ningún éxito En 1936, Orwell viajó a España y se alistó en las filas del ejército republicano para luchar contra la rebelión franquista. En 1945 escribió "Rebelión en la granja". La obra consistía en una amarga sátira de la Revolución rusa, protagonizada caricaturescamente por los animales de una hacienda. La narración tuvo una pobre acogida en Inglaterra donde Orwell solo logró vender veintirés mil ejemplares. Un ejército de ochenta dibujantes asumió la tarea de construir las setecientos cincuenta escenas con los trescientos mil dibujos a color que requería la producción del film en dibujos animados. En 1949, apenas unos meses antes de su muerte, Orwell publicó la novela "1984". Animado por el inesperado éxito de su anterior bestseller, el escritor británico rescató el anticomunismo como tema central de su nuevo libro. Orwell no fue en esta ocasión un dechado de originalidad. Tiene escasa importancia si el tipo de sociedad descrito por Orwell en "1984" correspondía al estalinismo o a la sociedad de consumo de los países capitalistas. Isaac Deustcher, un teórico trotskista de reconocido prestigio internacional, describía, con esta significativa anécdota, el impacto que el libro había provocado en la opinión pública norteamericana: "¿Ha leído usted ese libro? Tiene que leerlo, señor. "Con esas palabras, - decía Deustcher- un miserable ciego, vendedor de periódicos, me recomendó en Nueva York "1984", pocas semanas antes de la muerte de Orwell." Pero el escritor ingles no solo contribuyó, junto con otros intelectuales "arrepentidos", a crear un clima de insufrible pánico anticomunista en las sociedades occidentales. Durante años Orwell ha sido considerado en el ámbito de algunos sectores progresistas como un autor paradigmático de la defensa de los derechos de los individuos frente al omnipresente poder del Estado. Paradójicamente, la realidad ha puesto de manifiesto que tan solo fue un vulgar alcahuete de los servicios policíacos británicos y norteamericanos. La recuperación del material secreto de la época demuestra que Orwell denunció hasta ciento veinticinco escritores y artistas como "compañeros de viaje, testaferros del comunismo o simpatizantes". Haciendo uso de las lecciones aprendidas en la policía colonial del Imperio, Orwell se dedicó a anotar escrupulosamente los datos e impresiones de aquellos intelectuales con los que mantenía relación. Del poeta inglés Tom Driberg, por ejemplo, decía: "Se cree que es miembro clandestino del P.C.", "judío inglés", "homosexual". Del músico de color Paul Robenson: "muy antiblanco". A Kingsley Martin, director del conocido semanario del laborismo de izquierda News Statesman lo definía como "un liberal degenerado, muy deshonesto". Al universalmente conocido John Steimbeck lo insertó en su cuaderno delator por ser, según su opinión, un "escritor espurio y pseudos-ingenuo". Ni Charles Chaplin, ni el novelista JB Priestley, ni el entrañable Bernard Shaw, ni el celebérrimo Orson Welles, ni el prestigioso historiador E.H. Carr , se libraron del lápiz acusador de George Orwell. Orwell fue una creación de la CIA, independientemente de la opinión que se tenga acerca de la calidad literaria de su obra. Era conocedora del efecto devastador que el mensaje de un supuesto representante de los valores de la izquierda, podía tener sobre amplios sectores de la opinión. Como otros intelectuales de aquella –yde esta- época, sucumbió a la seducción del éxito fácil y la notoriedad rápida que posibilitaba la transmisión de un mensaje construido por los diseñadores de la guerra fría. La ausencia de escrúpulos del escritor británico solo fue equiparable con la de los más despreciables protagonistas de sus propias novelas. Toda la panoplia orweliana de "policías del pensamiento", "semanas del odio", "nopersonas" y esa "neolengua" que se empequeñece en lugar de agrandarse, haya su réplica en la estampa que nos está ofreciendo la sociedad actual. ¿Qué más da que la uniformidad del pensamiento corra a cargo del "Gran Hermano" o de las siete multinacionales de la comunicación que controlan y "depuran" la transmisión planetaria del pensamiento? ¿Hay tanta diferencia entre las "Semanas de odio" que organizaba el Big Brother y las que hoy organiza Bush, con la finalidad de preparar psicológicamente a la población de los EEUU para una guerra de conquista? ¿Existe una divergencia tan grande entre el "Ministerio de la Verdad" de "1984," que diariamente determinaba lo que debía pensar el ciudadano, y la aplastante uniformidad de opiniones que cada mañana puede escucharse en todas las emisoras radiofónicas del Estado Español? ¿En qué se diferencian los delitos de opinión que cometían los "criminales del pensamiento", y los que hoy se atribuyen a los perseguidos redactores de Egunkaria? Se equivocan quienes consideren que la guerra cultural de la CIA , la batalla ideológica por el control del pensamiento, es solamente una secuencia del pasado, un capítulo oscuro de la Guerra Fría. Hoy la hegemonía ideológica, política, económica y militar de los EEUU en el mundo es indiscutible. Pero... ¿por cuánto tiempo?
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