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Sinopsis de La Inquisiciòn
Enviado por Donanfer
Publicado el 2011-03-28 21:14:20
Libro La Inquisiciòn

La Inquisición: resultó ser una institución judicial establecida por el Pontificado en la edad media, con el cometido de confinar, procesar y decretar sentencia a las personas culpables de herejía. En la Iglesia primitiva la pena tradicional por herejía era la excomunión. Después de la declaración del cristianismo como religión oficial en el siglo IV por los emperadores romanos, los sacrílegos empezaron a ser observados como enemigos del Estado, especialmente cuando habían incitado a la violencia y promovido alteraciones del orden público. San Agustín aprobó no sin reservas la acción del Estado contra los herejes, aunque la Iglesia en líneas generales reconvino la coerción y los escarmientos físicos. En el siglo XII, respondiendo al resurgimiento de la herejía de forma organizada, se promoviò en el sur de Francia un cambio de opinión tutelada de forma subrayada contra la doctrina albigense. La doctrina y práctica albigense juzgaban perjudiciales respecto al matrimonio y otras instituciones de la sociedad y, tras los más endebles esfuerzos de sus predecesores, el papa Inocencio III instauró una cruzada contra esta comunidad. Propagó una legislación correccional contra sus componentes y remitió misioneros predicadores al lugar. Sin embargo, los heterogéneos intentos reservados a someter la herejía no estuvieron bien sistematizados y resultaron relativamente infructuosos. La Inquisición en sí no se constituyó sino hasta 1231, con los estatutos Excommunicamus del papa Gregorio IX. A través de ellos el papa limitó la responsabilidad de los obispos en materia de ortodoxia, sojuzgó a los inquisidores bajo la jurisdicción del pontificado, e implantó inflexibles castigos. El cargo de inquisidor fue delegado casi exclusivamente a los franciscanos y a los dominicos, teniendo en cuenta su mejor preparación teológica y su pretendido rechazo de las ambiciones frívolas. Al poner bajo dirección pontificia la asechanza de los herejes, Gregorio IX se conducía en parte movido por la sospecha y el temor a que Federico II, emperador del Sacro Imperio Romano, sacara provecho, tomara la iniciativa y la utilizara con objetivos políticos. Circunscrita en principio a Alemania y Aragón, la nueva institución ingresó rápidamente en vigor en el conjunto de la Iglesia, aunque no funcionara por entero o lo hiciera limitadamente en muchas regiones de Europa. Dos inquisidores con la misma autoridad -nombrados directamente por el Papa- eran los garantes de cada tribunal, con el auxilio de asistentes, actuarios, policía y consejeros. Los inquisidores fueron figuras que disponían de majestuosas potestades, porque tenían atribuciones de excomulgar inclusive a príncipes. Así las cosas, resulta sorprendente que los inquisidores tuvieran aura de justos y piadosos entre sus contemporáneos. Los inquisidores se constituían por un periodo determinado de semanas o meses en alguna plaza central, desde donde proclamaban órdenes instando a que todo culpable de herejía se exhibiera por propia iniciativa. Los inquisidores podían iniciar pleito contra cualquier persona observada como sospechosa. A quienes se presentaban voluntariamente y declaraban su herejía, se les aplicaba penas menores que a los que debían ser juzgados y condenados. Se les concedía un periodo de gracia de un mes más o menos para formalizar esta confesión genuina y directa; el verdadero proceso se iniciaba después. Si los inquisidores resolvían procesar a una persona sospechosa de herejía, el dignatario del sospechoso informaba el requerimiento judicial. La policía inquisitorial investigaba a aquellos que se mostraban renuentes a acatar los requerimientos, y no se les otorgaba derecho de asilo. Los delatados recibían una declaración de cargos contra ellos. Durante algún tiempo se mantuvo en el anonimato el nombre de los acusadores, pero el papa Bonifacio VIII abolió esta práctica. Los acusados estaban prestatarios bajo juramento a confesar todos los cargos que concurrían contra ellos, convirtiéndose así en sus propios delatores. Solo era necesario el testimonio de dos testigos para ser considerados por lo general prueba de culpabilidad. Los inquisidores contaban con una especie de consejo, integrado por clérigos y laicos, para que les socorrieran para dictar un veredicto. Les estaba consentido recluir testigos sobre los que incurriera la sospecha de que estaban falseando. En 1252 el papa Inocencio IV, al amparo de la influencia del renacimiento del Derecho romano, consintió la práctica de la tortura para obtener la verdad de los sospechosos. Hasta ese momento este estilo había sido ajeno a la práctica canónica. Los escarmientos y dictámenes para los que declaraban o eran señalados culpables se emitían al mismo tiempo en una ceremonia pública al final de todo el proceso. Era el sermo generalis o auto de fe. Los castigos podían radicar en una procesión, un tormento público, una multa o cargar con el peso de una cruz. Las dos lengüetas de tela roja zurcidas en el exterior de la ropa sellaban a los que habían proferido falsas acusaciones. En los casos más comprometidos las penas eran la exacción de propiedades o el encarcelamiento. El castigo más severo que los inquisidores podían aplicar era la de prisión perpetua. Así, la entrega por los inquisidores de un inculpado a las autoridades civiles, se asemejaba a reclamar la ejecución de esa persona. Aunque en sus inicios la Inquisición consagró más atención a los albigenses y en menor grado a los valdenses, sus acciones se ampliaron a otros grupos heterodoxos, como la Hermandad, y más tarde a los llamados brujas y adivinos. Solo a finales de la edad Media los príncipes profanos utilizaron modelos restrictivos que respondían a los de la Inquisición. Sobresaltado por la expansión del protestantismo y por su penetración en Italia, en 1542 el papa Pablo III prestó mucha atención a reformadores como el cardenal Juan Pedro Carafa e instituyó en Roma la Congregación de la Inquisición, también conocida como la Inquisición romana y el Santo Oficio. Seis cardenales, entre los cuales se hallaba Carafa, compusieron la comisión original, cuyos poderes se extendieron a toda la Iglesia. En realidad, el Santo Oficio era una institución nueva vinculada a la Inquisición medieval sólo por imprecisos antecedentes. Más emancipado de la vigilancia episcopal que su predecesora, imaginó también su función de forma disímil. Mientras la Inquisición medieval se había ajustado a las herejías que promovían desórdenes públicos, el Santo Oficio se alarmó de la ortodoxia de índole más académica y, sobre todo, la que surgía en los escritos de teólogos y eclesiásticos prominentes . Durante los doce primeros años, las diligencias de la Inquisición romana fueron moderadas hasta cierto punto, comprimidas a Italia casi por completo. Cuando Caraza terminó siendo el papa Pablo IV en 1555 promovió una persecución precipitada de sospechosos, incluidos obispos y cardenales (como el prelado inglés Reginald Pole). Encomendó a la Congregación que confeccionara una lista de libros que transgredían contra la fe o la moral, y sancionó y publicó el primer Índice de Libros Prohibidos en 1559. Aunque papas posteriores mitigaron el celo de la Inquisición romana, empezaron a pensarla como el instrumento acostumbrado del Gobierno papal para regular el orden en la Iglesia y la ortodoxia doctrinal; por ejemplo, enjuició y escarmentó a Galileo en 1633. En 1965 el papa Pablo VI, reconociendo a numerosas quejas, reconstruyó el Santo Oficio y le puso el nuevo nombre de Congregación para la Doctrina de la Fe. A diferencia también de la Inquisición medieval, la Inquisición española se instituyó con aprobación papal en 1478, a proposición del rey Fernando V y la reina Isabel I. Esta Inquisición estaba destinada a ocuparse del problema de los llamados marranos, los judíos que por sujeción o por presión social se habían convertido al cristianismo; después de 1502 puso su atención en los reconciliados del mismo tipo del Islam, y en la década de 1520 a los sospechosos de apoyar las tesis del protestantismo. De esta forma la Inquisición española se convirtió en una herramienta en manos del Estado más que de la Iglesia, aunque los eclesiásticos, y de forma acentuada los dominicos, actuaran siempre como sus funcionarios. Fundada en 1478, lo novedoso de la Inquisición española gravitaba no tanto en la crueldad de sus métodos, al fin y al cabo el martirio y la tortura coexistirían en los tribunales europeos durante siglos, cuanto en su forma. Un proceso judicial basado en el principio del secreto explica ese indefinido temor que la sociedad percibía al escuchar el nombre del Santo Oficio Fue en sus primeros tiempos cuando la Inquisición se reveló más aterradora. Se valió la pena de muerte a cinco mil personas durante sus primeros cincuenta años de vida. Cada población, municipio o ciudad era visitado anualmente por un inquisidor que transmitía un Edicto de Fe. Así iniciaba un angustioso y nervioso juego de desconfianzas. Porque el Edicto de Fe imponía a todo cristiano la obligación de revelar cualquier práctica heretical conocida. Los devotos debían auxiliar al Santo Oficio y cualquiera podía jugar el rol de espía y delator, muchas veces movido puramente por el resentimiento o la envidia personales. A partir de aquí, el procedimiento penal consignaba de dos etapas. En la fase inquisitiva, una vez puesto en conocimiento del Santo Oficio la acusación, se ponía en marcha la maquinaria judicial. El reo era inquirido de manera secreta y, si se encontraban asomos de presunta herejía, se abría la segunda fase: detención, reclusión en los calabozos secretos y presentación de cargos. Al mismo tiempo se le asignaba un defensor de oficio, colaborador del propio tribunal. Incomunicado del mundo exterior, lejos de tener contacto con sus familiares, ignorando los motivos de su encarcelamiento tanto como el delator, la orfandad del acusado era completa. Mientras el proceso continuaba su secreto curso, la impotencia de los procesados los llevaba a estados de indudable espanto. La confesión era el objetivo último de todo el procedimiento. En este punto surgía la posibilidad el tormento: potro, garrocha y la tortura del agua. Sin embargo, a pesar de leyendas negras, parece ser que estos procedimientos se utilizaban de manera suficientemente controlada En cualquier caso, el terror que inducía en la imaginación de la sociedad era inimaginable. Las espirituales (retractación y penitencia), las económicas, muy habituales (sanciones e incautación de bienes que podían llevar al reo a la desolación), y las corporales. Todavía falta un último y concluyente paso: la representación o escenografía de la reprensión. Todo sacrilegio debía ser castigado pública y cabalmente. Como una adelanto del Juicio Final, el auto de fe ponía sobre la mesa todo el circo de la Iglesia no menos que el gusto lúgubre de las masas. Si los griegos contaban con la tragedia como forma de purificarse, que diría Aristóteles, sublimizado afectos personales en la representación de unos caracteres ideales, los europeos apelaban a los autos de fe o a los tormentos, como bastarda manera de estimularse- La Inquisición (Tercera Parte). La Inquisición española estuvo gobernada por el Consejo de la Suprema Inquisición, pero sus formas fueron análogos a los de su réplica medieval. Con el tiempo se convirtió en un tema popular, especialmente en las zonas protestantes, por su brutalidad y oscurantismo, aunque sus costumbres fueran parecidas a los de instituciones similares en otros países católicos romanos y protestantes de Europa. Sin embargo, su superior ordenación y la solidez del apoyo que recibía de los monarcas españoles, distinguiendo Felipe II, hicieron que tuviera un mayor vestigio en la religión, la política o la cultura que las instituciones paralelas de otros países. Esta energía y el apoyo político consintieron a Tomás de Torquemada, el primero y más notable gran inquisidor, ejecutar por miles a pretendidos herejes. El gran inquisidor y su tribunal tenían autoridad sobre los tribunales locales de virreinatos como México y Perú, donde estuvieron más atareados con la hechicería que con la herejía. El emperador Carlos V implantó la Inquisición en los Países Bajos en 1522, pero no alcanzó terminar con el protestantismo. Se instituyó en Sicilia en 1517, pero no lo pudo hacer en Nápoles y Milán. Los historiadores han distinguido que muchos territorios protestantes tenían políticas e instituciones tan represivas como la Inquisición española, por ejemplo el consistorio de Ginebra en tiempos del reformador francés Juan Calvino. La Inquisición quedó finalmente eliminada en España en 1843, tras una primer tentativa, fallida de los liberales en las Cortes de Cádiz, en 1812. En el año 1391 se desataron las crueles e injustas matanzas que arrasaron las juderías de Castilla, Cataluña y Valencia, en las que perecieron miles de judíos. La presión antijudía se concretó con violencia en el siglo XV y se obligó a los judíos a llevar distintivos en la ropa. Las alocuciones de san Vicente Ferrer, la disputa de Tortosa entre judíos y cristianos y la Bula de Benedicto XIII, el papa Luna, contra los judíos, apresuraron la destrucción del judaísmo español. Las oratorias del arcediano de Écija, Ferrán Martínez, fanatizaron a las turbas que asaltaron las juderías y dieron muerte a miles de judíos. En 1476 se estableció el Tribunal de la Inquisición en Sevilla. Siete años más tarde, Fray Tomás de Torquemada fue nombrado Inquisidor General.. Las asechanzas habían producido una oleada de conversiones obligadas. La Inquisición actuó con energía contra los conversos y realzó la presión sobre los judíos: los hebreos eran forzados a escuchar las oratorias de los dominicos en las sinagogas, tras lo cual se originaban las conversiones. Los Reyes Católicos, atareados en la guerra de Granada, habían admitido la financiación ofrecida por don Isaac Abravanel y don Abraham Senior, Contador Mayor de Castilla y Rabino Mayor del reino para financiar los gastos de la guerra, lo que no les imposibilitó firmar el 31 de marzo de 1492 el Edicto de expulsión. Las súplicas de don Isaac Abravanel en favor de sus hermanos fueron refutadas por los Reyes Católicos. La política real fundamentada en la unidad dinástica, el poder real y la unidad religiosa se apuntaló en la Inquisición y en fray Tomás de Torquemada para obtener la conversión de los judíos. Todos aquellos que no terminaron por aceptar el bautismo deberían desertar de España en el plazo de cuatro meses dejando todos sus bienes. Unos cien mil judíos desertaron de España. Al principio, e distribuyeron primariamente por Grecia,Turquía, Palestina, Egipto y Norte de África. Sus herederos son los sefardíes, que siempre atesoraron el idioma de Castilla. Los Caballeros Templarios que habían sido durante mucho tiempo unos valiosos adeptos de la Iglesia Católica, fueron acosados cruelmente, posiblemente debido a maniobras políticas del rey francés, que ambicionaba tener en sus manos su enorme fortuna. La tarea de hostigar herejes fue confiada a franciscanos y dominicos. La autoridad independiente de los inquisidores fue un motivo frecuente de roce con el clero local y los obispos. La acción se iniciaba con el arribo de los inquisidores a una localidad específica. Se confería un período de gracia durante el que los herejes lograban entregarse libremente. Transcurrid este tiempo se admitían denuncias de cualquier persona, incluso de facinerosos y otros herejes. Una bula papal de 1252 facultó a los inquisidores el uso de la tortura para conseguir confesiones. El martirio no se entendía como un escarmiento, se entendía como un medio de fomentar la confesión y fundamentalmente se tomaba como ejemplo para a otras personas que podían recibir el mismo método. Si un reo declaraba y se mostraba contrito, los magistrados dedicaban penas menores como azotamiento, ayunos, procesiones o multas. En los casos más graves se le exigía a llevar el "sambenito", con su resultante confinamiento social. Negarse a las acusaciones y la perseverancia en la herejía se escarmentaba con la cadena perpetua o la ejecución, seguida por la total incautación de bienes. Para la Iglesia era pecado el derramamiento de sangre, en consecuencia los inculpados eran entregados a las autoridades laicas para su ejecución, casi siempre en la hoguera. El acusado no tenía derecho a un procurador y las sentencias no podían ser apeladas. La brujería y la Inquisición están invariablemente entretejidas en la entelequia popular, factiblemente debido a la presencia de textos aterradores como el "Malleus Maleficarum", pero para ser justos, los acusados de brujería fueron una mínima parte de las inmolados. Los calumniados de brujería solían ser mujeres, solteros, ancianos y feos.


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