Sinopsis de La CIA, Cerca de Ser Solo Cenizas

Enviado por
Donanfer
Publicado el 2011-05-07 21:05:23
Libro La CIA, Cerca de Ser Solo Cenizas
Nadie sabe cuánto daño le han hecho a la paz del mundo los agentes y directores de la CIA, sigla en inglés de la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos. También desató la paranoia de panfletistas sin información y de políticos oportunistas. De cada brote de miedo la CIA obtuvo beneficios que le permitieron comprar más conciencias, sumirse en más pantanos de corrupción e imponer dictaduras indignas en países que estaban levantando cabeza. The History of the CIA ("Legado de cenizas. La historia de la CIA"), distribuido hace pocas semanas. El autor es Tim Weiner, uno de los corresponsales en Washington de The New York Times y quizás el mejor dotado de los periodistas norteamericanos en temas de inteligencia. Ya había ganado un premio Pulitzer en 1988 por sus artículos sobre los rubros secretos en el presupuesto del Pentágono, publicados por The Philadelphia Inquirer. En conjunto, Weiner revela que la arrogancia, la inepcia y el desdén por el mundo de unos dos mil agentes –asistidos por un número impreciso de empleados: por lo menos veinte mil– indujeron a once presidentes de los Estados Unidos a tomar decisiones equivocadas, involucrarse en conspiraciones delirantes y arrastrar a la muerte a cientos de miles de personas en Asia, Africa, Europa y América latina. La CIA merece mucha de la pésima reputación que se ha ganado en el mundo, pero no toda. Algunos de los altos dirigentes de Washington han ganado también un sitio en el cuadro de honor –o deshonor– por haber creído en mentiras evidentes que convenían a sus intereses. Los tiempos han ido desplazando la brújula de esos intereses. El primer fantasma contra el que se combatió fue el poderío bélico de la Unión Soviética, que desnudó su fragilidad al caer el Muro de Berlín, justo cuando la Agencia asustaba a Ronald Reagan con el cuento de una fortaleza política y una expansión económica crecientes. Luego, se agitó el espantajo de la expansión comunista en Africa y América latina, lo que impidió una política de diálogo y buena voluntad entre los Estados Unidos y el Congo de Patrice Lumumba, la Guatemala de Jacobo Arbenz y el Chile de Salvador Allende. Dwight Eisenhower, que era extremadamente celoso de su reputación de honestidad, se apresuró a decir que la Agencia había sido creada para preservar la paz. De todos los directores de la CIA, uno de los pocos cuya integridad defiende Tim Weiner es Richard Helms, el agente al que John y Robert Kennedy responsabilizaron por el fracaso de la invasión a Playa Girón. En 1962 circulaban por los pasillos de la Casa Blanca los más disparatados planes para liquidar a Castro. Pensaba que un crimen político en tiempos de paz era una intolerable aberración moral. "Si empiezas asesinando a un líder extranjero", diría Helms, "¿por qué los de afuera no tendrían derecho a matar también a uno de tus propios líderes?" John F. Kennedy era un lector ávido de las novelas sobre James Bond escritas por Ian Fleming y almorzó con él meses antes de que lo eligieran presidente. Uno de los fiascos más desastrosos de la Agencia fue haber convencido al gobierno de George W. Bush de que el gobierno de Saddam Hussein estaba fabricando armas químicas y nucleares de destrucción masiva. Todas las evidencias contrariaban esa hipótesis, pero los asesores de Bush no necesitaban argumentos. El presidente tenía a Hussein entre ceja y ceja desde que la CIA le atribuyó un complot para asesinar a su familia en 1993. En abril de ese año, Bush padre –el ex presidente– viajó con su esposa y dos de sus hijos a Kuwait, para conmemorar la victoria en la Guerra del Golfo. La policía secreta kuwaití arrestó a diecisiete hombres y los acusó de tramar la muerte de los Bush con una bomba plástica de 90 kilos que estaba escondida en el vehículo que los llevaba. Los supuestos conspiradores declararon bajo tortura que la inteligencia iraquí había tramado el crimen, y los técnicos de la CIA confirmaron que la bomba había sido armada por soldados de Hussein. Lo que no verificaron esos expertos era que la banda de conspiradores no estaba integrada por fanáticos del dictador de Bagdad, sino por traficantes de hashish, contrabandistas de whisky y veteranos de guerra mercenarios. Bush hijo creyó en la versión de la CIA y nunca le perdonó a Hussein el atentado. Si la agencia muere derrotada por sistemas de computación que se cuelan en todas partes y son de una eficacia insuperable en la conspiración y el espionaje, pocos seres humanos van a lamentarlo. Si la agencia muere derrotada por sistemas de computación que se cuelan en todas partes y son de una eficacia insuperable en la conspiración y el espionaje, pocos seres humanos van a lamentarlo. La excepción serán, sin duda, los veinte mil empleados que trabajan en la central de Langley, Virginia –y los desamparados libretistas de Hollywood–.
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