
Enviado por
Donanfer
Publicado el 2011-03-28 20:46:06
Libro Eichmann en Jerusalèn
A Otto Adolf Eichmann siempre se lo considerò una de las figuras preponderantes de la Alemania de Hitler en la historia del Holocausto judío. Al concluir la guerra, 1945, pudo ocultarse y enmascarar su identidad; tan bien lo hizo que los soldados aliados no pudieron reconocerlo en ningun momomento. En verano de 1950, desde Italia, embarcó, como tantos otros ex-dirigentes del partido nazi, rumbo a Argentina.Allì, en Argentina vivió durante diez años, realizando ocupaciones de lo más variopintas. Un 11 de mayo de 1960, un equipo especial del Mossad, los servicios secretos del estado de Israel, lo apresó en plena calle de Buenos Aires. Los jerarcas nazis sobrevivientes habían sido juzgados en Nuremberg por las fuerzas victoriosas en la guerra. Ahora era un tribunal judío quien se encomendaría procesar a uno de los mas grandes responsables por la muerte de millones de conciudadanos hebreos. En los años de la Segunda Guerra Mundial, al compás de las batallas ganadas por la Wehrmacht (el ejército) los nazis instauraban rápidamente los ghettos para la población hebrea que era, seguidamente, acarreada como elementos de ganado en ferrocarril hacia los campos de concentración. Eran transportadas millones de personas, por lo que era necesariamente imperioso un aparato logístico y de coordinación colosal. Precisamente Eichmann era responsable de tal tarea . Organizaba las colectividades hebraicas de cada país, se encargaba de que el número de personas transportadas en cada convoy fuera el màximo posible,tambièn era el responsable de lograr que con la mayor celeridad los campos de exterminio se llenasen de reclusos judíos.Hasta aquí, superficialmente, los hechos. La exégesis de estos hechos la brinda la filósofa alemana, de origen judío, Hannah Arendt, alumna discipula por cierto del mas encumbrado pensador de la época Martin Heidegger, figura discutida en su relación con el nazismo. Hannah Arendt cubrió el juicio de Eichmann como corresponsal del New Yorker. A pro`pòsito de todo esto verà la luz un arduísimo libro, Eichmann en Jerusalén, cuyo subtitulo compendia descriptivamente el golpe mortal que proporciona su lectura: La banalidad del mal.. Hannah Arendt se escapa de la tentación de caer en un maniqueísmo estéril. Su conclusión, sin embargo, no hace màs que causar mayor desasosiego. Eichmann, el gran carnicero del nazismo, el gran proyectista del infausto destino de millones de personas, nos lo muestra Arendt como un funcionario gris y, lo que es más, como una persona absolutamente vulgar, insignificante. El Mal que simboliza Eichmann no tiene el halo mítico de Satanás, de un demonio sediento de sangre. Eichmann lejos estuvo siempre de demostrar un odio racial a los hebreos. Simplemente cumplía con llevar a la pràctica su presunto deber de funcionario. Su cargo era el de teniente coronel de la SS y era el "especialista en asuntos judíos" del régimen. Su nivel jerárquico no era muy encumbrado, casi nunca tomó decisiones determinantes él solo y escasísimas veces mantuvo reuniones con verdaderos jerarcas como Himmler, y nunca con Hitler. La moderación de Eichmann fue resquebrajándose, porque su figura terminò agigantada con los juicios de Nurenberg por otros nazis que lo utilizaron como chivo expiatorio, según esos otros nazis toda la llamada Solución Final era responsabilidad suya por sobre la de cualquier otro. Luego de su captura (sin el beneplácito del Estado argentino: más tarde Ben Gurión se contactaría epistolarmente misivas con Frondizi y juntos allanarían la cuestión), Eichmann fue llevado a Israel, procesado y enjuiciado durante un año y finalmente ejecutado, asì se convirtió en la única persona a la que se le aplicó a pena capital en la historia del Estado. Hannah Arendt, escribió la crónica del asunto, pero a la manera única en que sólo ella lo puede hacer, esto es examinando minuciosamente los talantes, personalidades, y motivaciones personales y colectivas de los actores primordiales del juicio (el fiscal Hauser, el abogado defensor Sartorius, los jueces, el propio Eichmann), los testimonios esgrimidos por las partes y por los testigos, la historia de la Shoá, y un cúmulo de circunstancias más . "Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal", funciona no solo como crónica (una muy ágil y fácil de leer, por cierto), funciona también como un estudio filosófico y político. En definitiva, “Eichmann en Jerusalén" resulta, por haber sido escrito inicialmente para publicarse en un diario, sencillo y fácil de leer; por los temas que aborda , a la vez espeluznante y atrapante; y por sus conclusiones, fuertemente enriquecedor.
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